La responsabilidad social corporativa (RSC) podría definirse como aquellas políticas de una empresa que no tienen por qué estar relacionadas directamente con su actividad empresarial pero contribuyen al mejoramiento social, económico y ambiental. Estas medidas incluirían facilitar la conciliación laboral de trabajadores, reciclar el material de oficina o ayudar a ONGs en momentos puntuales para mejorar el valor añadido de nuestra empresa frente a nuestros competidores.
En realidad, parte de estas políticas están legisladas, como por ejemplo la necesidad de separar los residuos, pero el hacerlo exhaustivamente e informar de ello a los clientes puede hacer que estos elijan nuestra empresa por encima de otras con servicios y precios similares. Otra de las ventajas de tener una política clara en cuanto a la RSC sería que los trabajadores se sienten parte de algo mayor, ven que pueden colaborar para mejorar su entorno social, laboral y ambiental, mejorando también su compromiso con la empresa.
Los antecedentes de la RSC se remontan al siglo XIX, cuando bajo las cooperativas y asociaciones se intentaba compaginar la eficacia empresarial con los principios sociales de democracia, autoayuda, apoyo a la comunidad y justicia distributiva.
La RSC debe partir de los propios directivos de una compañía y estar en sintonía con los valores de la misma, porque sólo siendo auténticos el resto de la sociedad, los competidores, los clientes y los trabajadores lo percibirán como tal.

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